manuelosuna - Microrrelatos

 

                                                                  

 

 

 

 

                   

 

                   Microrrelatos

Mujer fatal

Aquella mañana, Amparo bajó al mercado con aires de mujer fatal. Las enormes gafas de sol, que antes servían para ocultar sus moratones, ahora le otorgaban una apariencia perversa y seductora. Caminaba subida en unos imposibles tacones, descubriendo que no eran incompatibles con arrastrar con elegancia el carrito de la compra. La transformada mujer no se detuvo en ningún puesto. Se limitó a desfilar ante los comerciantes del barrio, sensual, felina, consciente de que los murmullos que provocaba a su paso ya no eran de compasión, sino de sorprendente admiración. El ceñido vestido, por supuesto de color negro, como mandan los cánones de una auténtica femme fatal, reflejaba también el luto, aunque nadie en aquel instante pudiera saberlo. A su paso por la carnicería, el dependiente le ofreció género fresco. Amparo exhibió una enigmática sonrisa y, desprendiendo el humo del cigarrillo, declinó la oferta. Ya tenía fiambre: el del cerdo al que llegó su San Martín y que transportaba troceado en el carrito de la compra.

 

 

 Ajuste de cuentas

El ajuste de cuentas de sus compañeros fue terriblemente cruel: le extirparon los párpados con precisión quirúrgica. Castigado por haber visto demasiado, fue condenado a permanecer eternamente vigilante, negándole el descanso de la oscuridad. El búho, le apodaron. Por chivato. Por sublevarse e intentar ponerse del lado de la verdad. Por enfrentarse a una poderosa jerarquía de pistoleros depredadores que no dudó en aplastar su espíritu justiciero. Sus ojos resecos no pudieron derramar ninguna lágrima el día en que, bajo amenazas, entregó su placa. Jamás volvió a pisar la comisaría, ni siquiera cuando le caducó el DNI.

 

 

Vida inteligente

Seleccionado para el III Concurso de Microrrelatos Literatura comprimida 2008 Comarca de la Sidra

Por fin, la aeronave llegó a Plutón. Los astronautas descendieron, se pusieron a saltar para imprimir sus huellas en la arena, procedieron a clavar banderitas, y gritaron para comprobar si aquellas dunas producían eco. Desde la distancia, los plutonianos les observaron atentamente y concluyeron que no, que no había vida inteligente en la Tierra.

 

 

Lo hago por tu bien 

Lo confieso entre susurros para no despertarte. Lo hago por tu bien, hija. Tu madre te malcría, y eso no es bueno. Menuda mentira ese cuento de hadas con final feliz que te acaba de leer. Tampoco es cierto que los ángeles guarden esta cama. Me tachan de monstruoso e inhumano contigo, mi niña, pero el mundo es un lugar cruel, y eso debes aprenderlo desde pequeña. Sólo así serás fuerte. Ahora duermes feliz con el diente debajo de la almohada, esperando la visita del Ratoncito Pérez. Y vendrá, cariño, vendrá. Pero no como te cuentan ellos, que insisten en aislarte en una burbuja. Será esta rata estrangulada lo que encuentres al despertar. Quizá mañana no lo comprendas, lo sé. Pero debes saberlo, hija: lo hago por tu bien.

                                                                                                            

 

 

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